24 ago 2011

Isaac Asimov La Historia de los Egipcios


La Historia de los Egipcios








































Instrucciones:

Lee con atención el siguiente texto y realiza un análisis, párrafo a párrafo, utilizando el cuaderno de apuntes. Escribe las ideas más relevantes. Al final expresa la opinión y una conclusión del texto.

1En el nordeste de África discurre un río muy poco corriente. Tiene una longitud de 4.157 millas —es el río más largo del mundo— y se llama Nilo, del nombre griego Neilos. Se ignora de dónde proviene el nombre griego, pues para el pueblo que vivía en sus orillas era simplemente «El Río».

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2En la porción más septentrional del Nilo surgió una de las dos civilizaciones más antiguas del mundo; y a lo largo de seis milenios una sociedad compleja pobló sus orillas con numerosas aldeas.

3Durante la mayor parte de ese tiempo los orígenes del Nilo fueron un misterio. Sus aguas corrían hacia el norte desde el lejano sur, pero nadie, en el mundo Mediterráneo antiguo, pudo penetrar lo suficiente en las regiones meridionales como para alcanzar sus fuentes. Para los antiguos, el problema de las «fuentes del Nilo» fue tan difícil de resolver como el problema de la otra cara de la Luna» lo ha sido para nosotros hasta que los satélites fueron capaces de fotografiarla.
Sólo en la segunda mitad del siglo XIX los viajeros europeos y americanos consiguieron conocer el Nilo desde sus fuentes hasta su desembocadura. En 1857 el inglés John Hanning Speke llegó hasta un gran lago que llamó Victoria, en honor de la soberana que entonces reinaba en Gran Bretaña. El lago se hallaba justo en el ecuador, y de él nacía el Nilo. Otros ríos afluían al lago desde los montes de Kenya, próximos al sector central de la costa este africana.

4A medida que el Nilo corre en dirección norte, hacia el mar, atraviesa cierto número de regiones, en las que su cuenca va estrechándose y haciéndose cada vez más escarpada. Las aguas caen violentamente sobre las rocas y acaban formando cataratas. Los barcos no pueden navegar en tales aguas, y las cataratas sirven para dividir el río en sectores.

5Las cataratas se enumeran a partir de la desembocadura del río hacia el interior: la Primera Catarata se encuentra a unas 600 millas de la costa. Hoy la catarata en cuestión está próxima, por el sur, a una ciudad llamada Asuán, pero en los tiempos antiguos en aquellos lugares había una ciudad llamada por los griegos Siene. es el escenario principal de los acontecimientos que se describirán en este libro. Fue en este tramo, que es navegable en toda su longitud incluso para las más sencillas embarcaciones, donde surgió esta civilización tan notable.

6El Nilo discurre a lo largo del borde oriental del Sahara. El Sahara (que en árabe significa precisamente «desierto»), cubre la mayor parte del norte de África, y es tan extenso como Estados Unidos. En realidad, se trata del mayor desierto del mundo. En toda esta región tan amplia no llueve casi nunca. La única agua que puede encontrarse se halla a gran profundidad, salvo en el caso de unos cuantos oasis, en los que el nivel del agua alcanza la superficie.

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7Pero el Sahara no fue siempre una región desértica. Hace 20.000 años los glaciares cubrían la mayor parte de Europa y vientos fríos llevaban la humedad hasta el norte de África. Lo que ahora es desierto era entonces una tierra placentera con ríos y lagos, bosques y praderas. Los hombres primitivos vagaban por ella, llevando consigo sus instrumentos de piedra sin pulimentar.

8De forma gradual, sin embargo, los glaciares comenzaron a retirarse y el clima fue haciéndose cada vez más cálido y seco. Aparecieron las primeras sequías y la situación fue empeorando paulatinamente. Las plantas murieron, y los animales se retiraron a regiones que conservaban todavía suficiente humedad y en las que se podía vivir.

9También los hombres se retiraron, unos hacia el sur, hacia los trópicos; otros, hacia la costa norte. Muchos fueron avanzando hacia las regiones próximas al Nilo, que en estos remotos tiempos era mucho más ancho, y corría perezosamente a través de extensas zonas cenagosas y pantanosas. Con todo, la cuenca del Nilo no era precisamente un lugar adecuado para la vida humana: sólo lo sería cuando las tierras perdiesen algo de su humedad.

10Cuando esto ocurrió, el Nilo se convirtió en un don del cielo. Ya no importaba que el clima fuese más o menos seco, pues el Nilo podía proporcionar suficiente agua para la tierra y los hombres, haciendo que la vida a lo largo de sus orillas fuese no sólo posible, sino confortable.

11A lo largo del invierno las nieves se acumulan en la cúspide de las montañas de África centro-oriental; en primavera sobrevienen las lluvias y la nieve se deshace. En enormes cantidades, las aguas bajan de los montes hacia los ríos y grandes lagos de la región. Estas aguas van al Nilo, y la corriente se va abriendo paso hacia el norte.

12El Nilo se colma a causa de estas aguas, y se desborda, a partir del mes de julio, alcanzando su máxima altura hacia comienzos de septiembre. Y no vuelve a su nivel normal hasta octubre. En los meses en que el río permanece desbordado, las aguas cubren las tierras sedientas y depositan una capa de fresco cieno, que la corriente ha traído desde los montes del lejano sur. De este modo el terreno a lo largo de las orillas del río se renueva constantemente y se mantiene fértil.


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13Cuando los hombres penetraron por primera vez en la cuenca del Nilo, las inundaciones eran muy vastas y los extensos pantanos a ambos lados del río abundaban en hipopótamos, antílopes, grullas y todo tipo de animales que podían ser cazados por el hombre. Paulatinamente, el aumento de la sequedad fue limitando las tierras inundadas; en ciertos casos éstas quedaron reducidas a la proximidad de las orillas del río, y durante muchos milenios las porciones de tierra que van a beneficiarse por las crecidas serán, en la mayor parte de su recorrido, de una anchura no superior a las doce millas.

14Además, los suelos fértiles cultivables se detienen bruscamente en los límites de las tierras inundadas, tan bruscamente que hoy en día hay numerosos lugares en los que una persona puede tener el pie izquierdo apoyado en el suelo fértil y el derecho en suelo desértico.

15Ya que la caza continuaba disminuyendo y la población aumentaba rápidamente en las tierras más próximas al Nilo, era necesario tomar alguna medida. Había que aumentar de alguna manera la cantidad de productos alimenticios. Afortunadamente, se había originado un nuevo modo de vida hacia el año 8000 a. C. —cuando los glaciares de las regiones septentrionales iniciaban su última retirada— en el seno de ciertas comunidades del Asia sudoccidental. En las tierras altas e irrigadas de lo que hoy son Iraq e Irán, a unas mil millas al este del Nilo, el hombre había aprendido a plantar semillas y a recoger el grano que nacía de ellas.

16Este puede ser considerado uno de los puntos de partida de la llamada «Edad Neolítica» o «Nueva Edad de Piedra». El hombre neolítico desconocía todavía el uso de los metales, por lo que seguía utilizando instrumentos de piedra. Sin embargo, tales instrumentos estaban cuidadosamente pulidos y eran mucho más elaborados que los instrumentos de piedra sin pulimentar en forma de astilla o de laja de la primera Edad de Piedra y de la época mesolítica.




17Otro de los rasgos característicos del Neolítico era el desarrollo de la alfarería, la doma y cría de animales y, como ya dije, la siembra y cosecha de plantas. No sabemos todavía cómo se llegó exactamente a la invención de la agricultura (o «cultivo de campos»), pero sus ventajas fueron evidentes, pues permitió disponer de alimentos de forma segura.

18Con anterioridad a la difusión del modo de vida neolítico, los hombres vivían de la caza y de la recolección de vegetales. Pero sólo había una cantidad dada de caza, plantas y frutos en una determinada región, y en los años malos los hombres se veían obligados a desplazarse a grandes distancias para encontrar alimentos suficientes, El número de habitantes que una región dada podía alimentar era más bien bajo.

19Cuando el hombre aprendió a criar animales y a cultivar plantas, fue capaz de producir alimentos en grandes cantidades, mucho mayores que las que obtenía antes con la caza y la recolección. Encerrando a los animales y cercando los campos cultivados, los pastores y agricultores evitaban que los animales silvestres o las demás comunidades humanas se apropiasen de ellos. El abastecimiento de alimentos aumentó y se hizo más seguro, esto fue especialmente cierto en el caso de la agricultura, ya que las plantas resultaron más fáciles de cuidar y obtener (una vez adquirida la suficiente habilidad) que los animales. Debido a que un acre de tierra cultivada podía alimentar a mayor número de personas que un acre de bosque, se dio un aumento de la población realmente «explosivo», allí donde penetró la cultura neolítica.


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20Asimismo, si el hombre cazador (y, hasta cierto punto, el pastor) necesitaba trasladarse continuamente, el agricultor se vio obligado a sedentarizarse. Era necesario permanecer junto a las tierras donde crecía el grano. Era necesario, además, vivir en comunidad, para protección mutua contra los ataques de los pueblos cazadores y pastores (que no cultivaban cereales, pero que no veían obstáculo alguno en arrebatárselos a los que sí los cultivaban), y construir aldeas: las primeras «ciudades».


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21Debido a que el hombre se veía forzado a convivir con el prójimo en las aldeas, la independencia de la banda cazadora pronto fue cosa del pasado. Los aldeanos desarrollaron métodos de cooperación con el fin de construir edificios, de organizar la defensa y de cultivar la tierra. En pocas palabras, crearon lo que se ha llamado la civilización (derivada de la palabra latina para «ciudad»).


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22La práctica de la agricultura acabará extendiéndose fuera de sus tierras de origen, el altiplano iranio, a lo largo del milenio siguiente a su invención. La agricultura fue adoptada por otras comunidades, lo que produjo nuevos y espectaculares avances, en particular en dos zonas determinadas. Una de ellas era un valle entre dos ríos, el Tigris y el Eufrates, en el sur. El otro también era un valle formado por la cuenca de un río, el Nilo, a unas mil millas hacia el oeste. El valle del Tigris y del Eufrates se hallaba más cerca del lugar de origen y comenzó antes a practicar la agricultura y, por consiguiente, a desarrollar antes una civilización. Pero el valle del Nilo no se quedó atrás.

23El modo de vida neolítico había llegado a implantarse plenamente en Egipto hacia el 5000 a. C. Las tierras del valle del Nilo conservaban en estos tiempos demasiada humedad y eran bastante salvajes como para dedicarlas cómodamente a la agricultura.

24Pero al oeste del Nilo, a unas 130 millas al sur de la costa mediterránea había un lago perfectamente adecuado para ello.

25Posteriormente esta extensión acuática se denominó lago Moeris, debido a que el historiador y viajero griego Heródoto, que lo visitó hacia el 450 a. C., creyó que era un lago artificial construido por el legendario rey Moeris.

26Pero no era artificial en absoluto, y la palabra «Moeris» es simplemente un término egipcio para designar «lago». Su existencia era natural, y recordaba los tiempos en que el norte de África era mucho más húmedo. En el lago había hipopótamos y otros animales menores, y durante cinco siglos, entre el 4500 y el 4000 a. C., en sus orillas hubo florecientes aldeas neolíticas.

27Sin embargo, el lago sufría las consecuencias de la creciente sequía en las tierras que lo rodeaban. A medida que sus aguas descendían y que la vida disminuía, las aldeas establecidas en sus orillas se hicieron menos frecuentes. Al mismo tiempo, con todo, la civilización conocía una mayor elaboración en las tierras cercanas al Nilo, que se hizo más controlable, y cuyas aguas provenían de las lejanas montañas del sur.

28Hacia el 3000 a. C. el lago Moeris alcanzó un nivel tal que sólo podía seguir existiendo si se lo conectaba de algún modo con el Nilo, y los habitantes de las orillas del río tendrán que realizar un enorme esfuerzo (que aumentará con el pasar de los siglos) para llevar a cabo tal conexión.


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29La batalla para conseguirlo se perdió hace unos mil años o más, y en la actualidad el lago ya no existe; en su lugar hay una depresión, en gran parte seca, en cuyo centro se sitúa un lago de escasa profundidad, de unas 30 millas de longitud y 5 de anchura. Esta superficie acuática, llamada Birket Qarun por sus actuales habitantes de habla árabe, es lo que queda del antiguo lago Moeris. A orillas de este pañuelo de agua se encuentra hoy la ciudad de El-Fayum, que da su nombre a toda la depresión.

30Los asentamientos neolíticos que fueron apareciendo gradualmente a orillas del Nilo (algo más tarde que en las del lago Moeris) han sido excavados por los arqueólogos.
Los restos de cada aldea sucesiva reposan sobre la anterior, y los estudiosos han asignado un nombre a cada nivel (o edad), nombre derivado del de la aldea actual que ha proporcionado mayor abundancia de restos.

18 ago 2011

Análisis de El Asesinato del Alma

El Asesinato del Alma.

Morton Schatzman.

Esta obra se basa en la vida del juez Daniel Paul Schreber (1842-1911), que enloqueció en edad madura (42 años). Es un caso clásico de esquizofrenia. La influencia que tuvo el padre sobre el juez Schreber fue grande, tanto en vida como cuando muerto.

El padre fue una persona muy autoritaria, seguía un modelo de educación, creado por él mismo, que lo aplicaba a sus propios hijos, cuyo fin era hacer a los niños obedientes y sumisos ante los adultos. No dudo en pensar que el padre, de acuerdo a lo expuesto, sea una de las causas principales de la locura de Schreber. Ejerció una brutalidad muy sutil hacia sus hijos, y tuvo sus efectos a largo plazo sobre el juez y otro de sus hijos, Daniel Gustav, que también enloqueció y posteriormente se suicido.

El primer capitulo, es el que habla sobre los modelos de locura.

Durante mucho tiempo, los investigadores psiquiatras, doctores, etc., se enfocaban al paciente esquizofrénico únicamente como tal, como enfermo y a su propia persona, nunca su contexto social, ni la conducta del resto de la gente con respecto a él.

Schatzman dice, y con razón, que no le interesa por qué, sino como llego el juez a sentirse perseguido, no la causa de sus sentimientos, sino los hechos que pueden correlacionarse con ellos mismos.

El juez se refería, cuando sus etapas de locura, a ciertas verdades dolorosas acerca de sus experiencias infantiles. Esto lo plasma él en sus memorias.

Eugen Bleuler, invento el termino y desarrollo el concepto de esquizofrenia, decía que el juez era paranoico esquizofrénico, autista, alucinado, etc.; analizó las declaraciones de Schreber por su forma y contenido, nunca las comprendió como mensajes validos, decía: “no se puede depender de las declaraciones de los propios pacientes…”

Kraeplin (1904), en una conferencia sobre paranoia, expone el caso de un hombre, pero nunca menciona su infancia, adolescencia, ni a nadie de su familia.

Freud trata de comprender lo que decían sus pacientes y de ligar sus experiencias a situaciones vividas en su infancia. Introdujo las mentes de las personas en el concepto de la enfermedad. El estudio que hace Freud sobre las memorias de Schreber es, hasta la fecha una pieza principal en la teoría psicoanalítica, además retomada por la mayoría de los psicoanalistas, basada en que la paranoia surge como “defensa” frente al amor homosexual; el paranoico se ve perseguido por su amor inconsciente hacia su progenitor del mismo sexo, que experimenta conscientemente como persecución desde fuera.

Es así como a partir de Freud, los psicoanalistas se interesan por la infancia de sus pacientes, obtienen la información a partir de lo que dicen los pacientes.

Aun así, el estudio que hace Freud sobre Schreber es único, ya que no utilizo los datos sobre la infancia del juez, ni utilizo los escritos del padre que hablan sobre sus métodos de educación para niños y que aplico a sus hijos.

William Niederland, psicoanalista americano, en 1959, señala semejanzas entre los pensamientos de Schreber y las técnicas de su padre para educar a los niños.

Schatzman encuentra lo siguiente en los escritos del padre:

-Varias de las experiencias del juez, que lo etiquetaron como loco, esquizofrénico, se relacionan a procedimientos concretos de su padre.

-La forma de educación del padre pueden confundir a cualquier niño.

El estudio que hace Schatzman en esta obra, es encontrar la relación entre la mente adulta del juez, considerado loco, y el proceder de su padre con respecto a él cuando niño. Interesado en los modelos de sucesos que se producían y ligarlos a los sucesos que él experimento durante su “enfermedad”, es lo que persigue el autor.

Existe una gran ironía en el caso del juez, ya que un pedagogo eminente tiene un hijo sicótico y otro que se suicida.

El autor, pone en tela de juicio el valor del modelo de enfermedad mental, en su forma clásica, como medio para comprender a Schreber. El atacar un modelo científico implica una búsqueda de modelos nuevos, una visión con el nuevo paradigma. De esta forma, entra en terrenos de la política psiquiatrica y medica, cuestiona sus modelos, que son obsoletos y no benefician para nada a los pacientes.

Muchos investigadores, inclusive actualmente, consideran a las personas esquizofrenicas, como victimas por si mismas, cuyo origen es interno. No ven la conducta que tiene la gente que les rodea a las personas esquizofrenicas.

A muchos les extraña la conducta de personas esquizofrenicas, pero si conocieran, tanto individualmente como en “familia”, a las personas que componen las familias de dichas personas, las encontrarían no menos desconcertantes que la persona psicotica.

Morton Schatzman señala que no ofrece un modelo exacto para comprender y tratar a la gente etiquetada como esquizofrenica, pero si señala senderos y muestra caminos que pueden conducir a un cambio del antiguo modelo o al descubrimiento de modelos nuevos para su tratamiento.

Marco Bautista.

30 may 2011

Entrevista: Hablar de Leonora


Después del Premio Biblioteca Breve 2011 que obtuvo con Leonora, novela basada en la vida de la pintora inglesa Leonora Carrington, Elena Poniatowska recibió el doctorado Honoris causa por la Universidad de París 8: “El premio –dice– es para las mujeres de Juárez, las mujeres que trabajan: las taquilleras del Metro, las jardineras, las mujeres que hacen trabajos manuales.” Leonora narra la vida de una mujer que transgredió todas las reglas; igual que Poniatowska es una figura esencial en la vida cultural de México. Escrita en orden cronológico a partir de largas conversaciones sostenidas con su amiga, la novela muestra el mundo celta en la obra de Carrington. Más que los surrealistas, en ella son más importantes los relatos celtas que le contaba su nana Mary Kavanaugh, según la escritora pro-cedente, como Carrington, de una familia europea conservadora. Como ella, hizo de México su patria. Elena Poniatowska ¿se reescribe a sí misma en esta novela? ¿Hasta qué punto estas coincidencias le permitieron a la escritora transformar en ficción la vida de Leonora?

Hablar de Leonora

Adriana Cortés

Con Elena Poniatowska


–¿Tu vida y la de Leonora Carrington se miran en un mismo espejo?

–Con Tina Modotti para mí era imposible identificarme. El mundo de Leonora es para mí totalmente comprensible. Mi papá fue un soldado en la segunda guerra mundial. No fue el dueño de un gran emporio ni tuvimos la fortuna de los Carrington pero sí el tipo de vida: las buenas maneras, el té de las cinco, tener intermediarios entre los niños y los adultos. Lo que me pareció muy sorprendente fue su rebeldía, su audacia.

–Pero tú también has sido rebelde...

–Yo creo que he sido muy dócil toda la vida. Soy rebelde cuando escribo, pero lo que escribo no responde a mi vida. Finalmente llevo una vida dentro de las normas. No soy convencional, pero creo que lo soy muchísimo más que Leonora. Además, ella tiene una fe absoluta en sí misma. Si yo hubiera tenido más fe en mí misma hubiera sido escritora desde el primer momento, y fui periodista. He hecho preguntas toda mi vida porque finalmente no tenía ni una sola respuesta, y además porque no tuve una formación académica ni universitaria que es una de las cosas que más extraño en mi vida. Si hubiera ido a la universidad tendría una metodología que no tengo; todo lo que hago me cuesta el triple de trabajo. Seguí cronológicamente la vida de Leonora pero no tenía la menor idea de cómo iba a acabar. La terminé con una muchacha mucho más joven, Pepita, que la va a entrevistar porque la admira.

–Max Ernst le descubre a Leonora el mundo del arte...

–Sobre todo la pintura, además de que le descubre el amor, fue su amante. Max Ernst liberó en ella muchísimas fuerzas que no habrían salido si Leonora no hubiera vivido con él, pero ella pinta sus cuentos celtas.

–¿Quién te descubre a ti el mundo de la literatura?

–Yo creo que cuando empecé a leer en el Liceo –¿quieres azúcar para tu té?– Empecé a leer a los escritores católicos: Diario de un cura de campaña, leí a Claudel, a Péguy, a los poetas, a Jacques Maritain, pero la literatura mexicana la leí cuando empecé a entrevistar. A Rulfo, cuando publicó El Llano en llamas. Era un Rulfo gordito y siempre fue serio.

in memoriam

Leonora Carrington
(1917-2011)

–¿Y Alberto Beltrán, grabador y dibujante?

–Él sí para que veas me abrió un mundo, aunque antes me lo habían abierto las muchachas en mi casa. Él me abrió el mundo del México más pobre, porque salía los domingos con él y mi hijo Mane que ya había nacido, a ver lo que hace la gente más pobre los domingos. Y luego un preso en Lecumberri que se llamaba Jesús Sánchez García me escribió que había una obra de teatro que quería que yo fuera a verla, así que entré al mundo de la cárcel cuando era súper joven. Fue antes de cumplir los treinta años. Usar zapatos de plan quinquenal, andar en autobuses de arriba para abajo: todo eso me metió a un mundo al cual seguramente no habría entrado sin Alberto Beltrán; él tenía más prejuicios contra mí que los que yo podía tener contra él, porque yo soy una gente que no está en la realidad, no veo las cosas tal como son. Para a mí era más fácil lanzarme, a pesar de todos los prejuicios, que para él aceptar mi modo de vida y el hecho de tener todo un árbol genealógico de familia.

–Alberto Ruy Sánchez dice que Leonora es una novela sobre el amor. Leonora se enamora de quien quiere, no de quien sus padres quieren que se enamore. ¿Tú y ella cruzan como Alicia en el país de las maravillas –libro de Lewis Carroll multicitado en Leonora– al otro lado del espejo?

–Pero yo creo que Leonora se lanzó mucho más que yo, porque ella no quería quedar bien con nadie y yo no quería fallarle a mis papás. Yo fui muchísimo más clandestina que Leonora. Juan Soriano decía que todas las mujeres tienen en su vida, como Lady Chatterley, un guardabosques.

–A mí me da la impresión de que tú sí has alcanzado la felicidad.

–Leonora se lanzó sola a Nueva York, a Canadá, a Irlanda, a Inglaterra con los hijos. Yo me lancé a hacer periodismo, a viajar como periodista, pero lo hacía mucho en contra de mí misma. Me he obligado a hacer una serie de cosas que no eran lo mío.


Foto: Roberto García Ortíz/
archivo La Jornada

–¿Así lo crees?

–Por lo menos así lo creo pero también lo veo. Por ejemplo, por inseguridad, toda la vida utilicé las muletas del periodismo. Y decía: Guillermo, mi marido dice. Carlos Monsiváis dice. A mí me decían: “Bueno, Elena, y tú ¿qué dices?”

–¿Cuándo encontraste tu propia voz?

–Aún no la encuentro. Bueno, tengo un libro súper triste que tengo guardado. Todo lo que digo allí es mío totalmente. Es un librito chiquito que no llega ni a las cien páginas. No es novela, son las cosas que yo sentía en determinado momento.

–Siguiendo con las semejanzas entre la vida de Leonora y la tuya, hay un capítulo tristísimo en la novela: cuando le suministran Cardiazol en el manicomio a donde es enviada con la autorización de su padre. Recuerdo que alguna vez manifestaste tu temor a la locura, ¿por qué?

–Sí, porque una empieza a girar y a no saber por dónde está la salida. ¿Tú nunca has tenido miedo a la locura?

–Yo creo que la locura hay que vivirla, pero yo te estoy entrevistando... Me parece terrible que su padre haya dado su aprobación para meterla al manicomio.

–El papá la quería mandar a África en vez de decir: “Tráiganme a mi hija para que yo la abrace.” Otro papá hubiera corrido a Santander, donde estaba, para sacarla de allí.

–Pero eran ingleses, era otro tipo de educación.

–Además los papás persiguieron a Max Ernst, lo denunciaban, eso no lo pongo en la novela.

–Creo que la presencia del padre es muy fuerte en la novela, al principio aparece físicamente y después como una sombra que persigue a Leonora.

–Lo que es muy sorprendente es que cuando tiene su primer hijo le pone Harold: el nombre de su papá. Todo mundo le dice: “¿Pero si te desheredó?” Y ella: “Se va a llamar como mi papá.”

–Parecería que el destino de Leonora es el de Casandra. En la novela dice que en su familia decían que veía visiones. ¿Tú te identificas con Casandra o con Antígona?

–Creo que todas las mujeres somos un poco víctimas. Cuando no somos víctimas de nuestra familia somos víctimas de un orden social que nos victimiza. Rosario Castellanos fue víctima de la soledad, del abandono de su marido, de que no supo imponerse a una sociedad muy cerrada que es la chiapaneca. Incluso cuando vino a México estuvo muchísimos meses en un sanatorio porque adquirió tuberculosis. Creo que Elena Garro en cierta manera se victimizó a sí misma, tenía complejo de persecución y pensaba que todo lo que le sucedía era culpa de los demás. También yo soy un poco el resultado de mi inseguridad que me hizo siempre recurrir al periodismo.

–¿El periodismo bien escrito es un género literario?

–Te suelta la mano. No estás sentada esperando al ángel que te va a lanzar a escribir. Tienes que entregar, tratas de que esté lo mejor posible, pero si no está lo óptimo por lo menos ya lo hiciste.

–Leonora es una mezcla de crónica y ficción; está allí tu ojo periodístico en el retrato que haces del México de los cincuenta hasta el de fines del siglo XX. Hay una serie de personajes, amigos de Leonora en México, a donde llega con Renato Leduc. ¿Conociste a Kati Horna?

–Quise mucho a Kati Horna. Era para mí mucho más cercana que Leonora quien tenía un ojo muy crítico. Yo coincidí con Kati varias veces porque era fotógrafa. A veces yo hacía el reportaje y ella la fotografía. Luego me pedía que posara, porque le servía para estar en algunas revistas de la época, en Mujeres, que dirigía Magdalena Mondragón. Me tomó muchas fotos. Kati se mataba de trabajo, tanto que a veces le faltaba el rollo en su cámara porque del cansancio se le había olvidado ponerlo.

–Leonora tiene una gran afinidad, en la novela, con Laurette Sejourné, ¿tú la conociste?

–Era esposa de Arnaldo Orfila. La conocí por la editorial Siglo XXI; escribía sus libros de antropología pero no la traté mucho. También vi Un hogar sólido, de Elena Garro y vi cómo estaba contento Octavio Paz por el triunfo de su mujer. Las funciones eran en los teatros del Seguro Social.

–En la efervescencia cultural de los años cincuenta incluyes la galería de Inés Amor, tu pariente por el lado materno, quien impulsó el arte de Leonora.

–Impulsó a muchísimos pintores en su galería. Pero el que más la ayudó fue Edward James, excéntrico, creativo, inglés, multimillonario. Nunca destruyó el mito de que era el hijo de Eduardo VII de Inglaterra, no se sabe, pero le convenía el rumor.

–¿Es verdad o ficción que llegaba a la casa de Leonora con boas y animales excéntricos?

–Todo eso es verdad.

–Viviste de manera muy intensa el ’68, movimiento en el que participaron los hijos de Leonora: Gabriel y Pablo Weisz. Citas una frase de José Alvarado: “Había belleza y luz en las almas de los muchachos muertos [...] Querían hacer de México morada de justicia y verdad, la libertad, el pan y el alfabeto para los oprimidos y olvidados.”

–Los hijos participaron mucho menos que en la novela. Por el miedo a esta participación y porque Elena Garro empezó a denunciar a todos los intelectuales –por venganza personal o porque Octavio Paz los quería– a Leonora le entró un miedo espantoso y salió de México.

–Cuarenta y tres años después del ’68 muchísimos jóvenes son asesinados.

–Yo creo que nuestra situación ahora es mucho peor que la del ’68. El número de desaparecidos y de muertos es enorme.

–A lo largo de la novela percibo tu voz. Por ejemplo, en esta frase: “Cuántos actos en contra de sí mismo comete este país. Ahora todo es polvo.”

–Es algo que a mí me sale bien espontáneo decirlo.

–En la presentación de Leonora, en Bellas Artes, un hombre de barba larga se levantó entre el público para decirte que recordaba cómo ibas a la cárcel a entrevistar a los presos durante el ’68. ¿Quién es?

–Martín Dosal: un estudiante que a raíz del ’68 estuvo preso. Fue compañero de celda de José Revueltas, incluso creo que le dio manuscritos regalados que autografió. Cuando se murió Revueltas, Víctor Bravo Ahuja, que era el secretario de Educación Pública, se presentó al entierro y Martín Dosal se puso más altito sobre una tumba y le dijo: “¿No entiende, señor, que no lo queremos aquí?” Bravo Ahuja estaba con sus guardaespaldas y se hizo pato. Dosal repitió: “No lo queremos aquí.” Me pareció un acto de valentía.

–¿Cómo es Leonora?

–Tiene mucho sentido del humor y mucha capacidad para encontrarle a los demás su estupidez. Simplemente no quiere hablar con nadie que no le pueda dar ninguna respuesta.

–Leonora en la novela siempre recuerda a Tártaro, su caballo de madera, al que destruye su padre por considerar que ya no era una niña para jugar con él, y se identifica con un caballo indomable, ¿es una metáfora?

–En la novela está súper exagerado pero es verdad. También creo que los padres fueron menos severos y distantes de lo que yo pongo allí.

–Su pasión era la alquimia. ¿Entiende la muerte como una transfiguración?

–Creo que sí tiene miedo a la muerte. Yo también, nunca sabemos qué hay, uno puede pensar que va a estar con sus seres queridos.

–O que existe el cielo y el infierno.

–Pero después de Darwin es bien difícil pensar eso.